Estado de situación de la formación docente en Argentina. Políticas y Desafíos a futuro. Fragmento (2017)

Primer Práctico “Didáctica Especial y Enseñanza de la Historia para Nivel Superior”. 2017

Fragmento documental: Ministerio de Educación de la Nación. Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD). Marzo de 2007

A partir del reconocimiento de la necesidad de avanzar sobre el desarrollo de una pedagogía específica, tanto de la formación docente inicial como de la etapa de iniciación profesional, entendiendo a las instancias formativas no son sólo como espacios pertinentes para difundir los cambios educativos, sino como ámbitos definidos a partir de las necesidades emergentes de los nuevos procesos de trabajo y de las nuevas condiciones escolares en que la enseñanza se ejerce, en un trabajo reciente se han esbozado ciertas condiciones formativas que posibilitarían la construcción de las habilidades prácticas en la formación docente:

El oficio constituye el centro que aglutina y da sentido al proceso formativo. En el caso de la enseñanza, hay un oficio que transmitir y un oficio de transmisión. Hay formadores y sujetos en formación sustentados por un programa institucional con valores e identidades jerarquizadas. Más allá de las distintas temáticas y procedimientos utilizados para transmitir la transmisión, hay una unidad que puede brindar cohesión a todo el proceso formativo. Se trata de la práctica de enseñar. Es ella la que aportará sentido a los distintos abordajes y prácticas diferentes que acontezcan durante el proceso formativo. Desde esta perspectiva y tal como lo venimos sosteniendo en distintos trabajos, el oficio docente no tendría que ser una preocupación exclusiva de determinados profesores o determinados “espacios” curriculares. Por el contrario, debería constituirse en el eje articulador de los distintos contenidos desarrollados durante la formación. La búsqueda de un sentido “aglutinador” tiene sentido en tanto la experiencia laboral presenta situaciones variadas y complejas que no suelen responder a parcelas del conocimiento o técnicas en particular. Preparar para el oficio es enseñarlo y es practicarlo. Y practicarlo mucho. En este sentido, los resultados o “buenos” resultados se pueden relacionar con la práctica sostenida.

La enseñanza del oficio debe dar la espalda a los métodos escolares. Suena un tanto fuerte esta afirmación al referirnos a la formación de docentes. De todos modos, no es menos importante ya que escolarizar la formación suele ser la forma predominante. Claro que la propuesta formativa debe estar orientada hacia la escuela. Debe tomar sus problemas, basarse en situaciones reales, en casos etc. Nos hemos cansado de señalar la poca relevancia de propuestas que ignoran el nivel de actuación de los docentes, ignorancia que se hace del todo notoria y se padece fundamentalmente en los comienzos de la profesión. Pero lo que sí tiene que ser diferente es el modo “escolarizado” con el que muchas veces se forma, producto de tradiciones precedentes y formatos organizacionales presentes.

Es preciso distinguir entonces entre el contenido u objeto de la formación, que es la escuela claro, de las estrategias, métodos y ambientes escolares cuando no se está educando niños, sino formando adultos que serán o son sus docentes. La dinámica del acercamiento y distanciamiento ilustra la distinción aludida. La formación tendría que desarrollarse muy cerca de los temas, los problemas y las situaciones escolares pero tendría también que poder distanciarse, propiciando espacios de reflexión y prácticas alternativas, lo cual permitiría discutir, analizar y problematizar a la misma escuela. Es ésta la única manera de impedir la vigencia de estereotipos y la naturalización de rutinas muchas veces experimentadas durante la propia biografía escolar que una formación “escolarizada” no haría más que reforzar, además de desalentar a adultos que aspiran ser docentes. La reflexión ligada a la acción puede, en cambio, capitalizar la experiencia y transformarla en saber disponible y susceptible de ser utilizado en distintas circunstancias.

El oficio autoriza un aprendizaje por tanteo y experimentación. Si bien estamos trabajando con sujetos, la prueba, el ensayo, la experimentación en situaciones reales o simuladas presenta un alto componente formador. La enseñanza, como vimos, tiene el carácter de experimentación, en tanto consiste en probar distintas maneras de ofrecer el mundo y ser puesto a prueba.

Los proyectos se cuidan, las acciones se planifican, se toman decisiones, pero todo ello se re-dimensiona, se complejiza o acomoda, en función de una situación determinada. A su vez, las distintas teorías y procedimientos son validados en las escuelas o en las aulas. Durante todo este proceso, de tanteo y experimentación, se aprende; los docentes aprenden probando, ensayando, experimentando y producen saberes en ese quehacer.

El aprendizaje por ensayo y error suele acontecer solitariamente en los inicios de la profesión. Entonces la prueba tiene lugar en el desconcierto y bajo la apelación de lo que se recuerda de la propia experiencia escolar o, a lo sumo, pidiendo algún material al maestro generoso. La posibilidad de hacer algo propio, la propia obra, y la potencialidad de la prueba que ese procedimiento implica, se vería favorecida si en los primeros años de trabajo tuviera lugar el acompañamiento de docentes formadores durante todo el proceso de producción, llegando incluso hasta los resultados o a la constatación final de lo que se produjo. Nuevamente señalamos la relación entre la práctica, la puesta a prueba y los resultados.

Asimismo, es importante favorecer la posibilidad de experimentar modelos de enseñanza diversificados en las aulas con los docentes que se están formando. Es decir, que los propios formadores propicien y pongan a prueba distintas formas de hacerlo con aquellos que se están formando. Esos espacios tienen un alto potencial formador y transformador si se convierten en ámbitos de experimentación y de puestas a prueba de experiencias pedagógicas diversas. De lo contrario, si se convierten “más de lo mismo”, sólo servirán para confirmar y reforzar lo que como alumno se experimentó.

Enfatizar y destinar mucho tiempo a ejercicios, consejos, manos tendidas en ayuda, explicaciones orientadas. Durante el proceso formativo y alcanzando también los primeros desempeños docentes, se requiere práctica y ejercitación de lo aprendido y de lo que se va aprendiendo. Practicar cómo hacerlo, cómo enseñar, en diferentes situaciones en las que se puedan idear estrategias y reflexionar sobre lo que se produce a partir de ellas. Es en estas escenas donde cobran protagonismo el consejo, la ayuda de los que tienen algo para aportar, basados en lo que saben, en lo que hicieron y en lo que están haciendo.

No se trata de pasar recetas, ni carpetas para que otros copien, sino de poner a disposición aquello que se probó y que puede a su vez resultar inspirador en la producción de la obra propia, en una determinada situación. El consejo, decía Benjamin, no es tanto la respuesta a una cuestión determinada como una propuesta. Es éste el sentido de los consejos, las indicaciones prácticas, los aleccionamientos para la acción. Ayudan a que otros enseñen. Suelen estar basados en esas “fórmulas misteriosas” que, construidas y probadas en el tiempo, resultaron y tienen la intención de perdurar. Porque conservan en el presente algún sentido que promueve su permanencia y, por lo tanto, la continuidad de lo que resultó.

Pero el que ayuda y aconseja tiene que estar allí, en el momento preciso y oportuno, disponible y dispuesto a acompañar y retroalimentar el proceso formativo de quienes lo están protagonizando, sean futuros docentes o docentes en ejercicio. Es quien está dentro y que sin embargo puede distanciarse para brindar explicaciones orientadas y realizar señalamientos oportunos. Es el formador que ofrece guía e inspiración. Aconseja, ayuda, guía, explica y también aporta o pone a disposición los saberes o “trucos” relacionados con la resolución de los problemas que se presentan.

Así y todo, la pedagogía del oficio es también una socialización en competencias y en disciplinas que parecen importantes para enseñar. Dadas las características de la práctica docente, tanto los aprendizajes más formalizados como los menos, parecen necesarios para aprender a enseñar. Saber enseñar es saber hacerlo y para poder hacerlo, como dijimos hay que ensayar, ejercitar, probar. Pero no se trata de probar de la nada o porque sí. Además de las consideraciones expuestas sobre el acompañamiento y la disponibilidad del saber, debemos añadir que para que la práctica resulte hay que otorgarle una apoyatura específica, sobre la que será posible sostenerse a la hora de probar, ejercitar, ensayar (competencias, capacidades, destrezas, etc.).

El conocimiento disciplinar o multidisciplinar tiene, asimismo, un valor de suma importancia para la formación. Nadie puede enseñar lo que no conoce y si enseñar es dar a conocer el mundo, el docente tiene que poder recuperar y re-significar formas abiertas de ver el mundo. Esta preparación incluye, asimismo, los conocimientos pedagógicos. Respecto al conocer y a las disciplinas en general podemos decir, entonces, que es importante posibilitar el acceso tanto a los contenidos específicos y a la información, como a los modos de pensamiento y producción propios del conocimiento científico, evitando el dogmatismo y la cosificación a la que suele someterlos el conocimiento escolar. En este aspecto es importante considerar el perfil de los mismos formadores. Dadas las características de nuestro sistema de educación superior, muchas veces quienes forman docentes no están socializados en las formas académicas que suponen, además de la transmisión, la producción y transferencia de los conocimientos.

Para formar de modo eficaz, basta con que uno lleve adelante su oficio y muestre cómo lo hace. Es preciso añadir en ese punto una importante salvedad para no caer en la trampa del modelo “modélico” tradicional. El mostrar cómo se hace tiene sentido siempre que el “modelo” muestre o cuente cómo lo ha hecho, sin tratar de imponer o imponerse como la forma acabada que indica en qué o quién tiene que convertirse el que se está formando o que está empezando. Es la acepción que plantea Richard Sennett, bien interesante para tratar este aspecto, donde el centro no está puesto en la norma ideal de un oficio, sino en la actividad de los individuos y en su formación. En este proceso cada uno irá tomando confianza en sí mismo, reconociendo la relevancia de lo que hacen quienes también se presentan como sujetos formados y en formación, antes que como obras acabadas a copiar o imitar.

Hay quienes consiguen hacerlo y hacerlo bien y estos sujetos reconocidos y nombrados como “experimentados” suelen aparecer como portadores de saberes específicos y secretos, por oposición a los novatos. Desde sus orígenes la formación docente utilizó la pedagogía del modelo pero basada en la norma ideal (de docentes, de clases, de instituciones), lo cual antes que ayudar y habilitar para la producción de la obra propia, muchas veces inhibe la tanto la acción como la misma formación.

Serían interesantes experimentados, que podrían mostrar y/o acompañar, aquellos que están en condiciones de ayudar en el proceso creativo/ productivo de quienes se están formando o están empezando a enseñar. Los que no sólo o simplemente pueden aportar una solución técnica sino que, además, pueden contribuir a crear las fórmulas necesarias para enseñar.

Los más fogueados tienen que estar a mano de los novatos. De aquellos que muchas veces padecen más crudamente el impacto o el “shock” de la práctica laboral y que, como vimos, tratarán de sortear como pueden y en soledad. Pero manteniendo el acompañamiento, una relación de “igualdad”, de paridad, de colega a colega y entre adultos que siguen aprendiendo y tratan de comprender la situación con el fin de delinear la mejor solución en las complejas situaciones que en la actualidad el oficio a todos presenta.. De nuevo hay que evitar caer aquí en la trampa escolar que asimila al sujeto en formación con el niño.

Hace falta que se construya y se comparta una ética del trabajo. Las técnicas en sí mismas no parecen suficientes para sortear las complejidades que presenta la tarea de enseñar. En cada situación que se les presenta a los docentes es mucho, variado y mezclado lo que se pone e juego. Por eso no hay formas de intervención que puedan valorarse, considerarse o transmitirse más allá de su aplicación práctica y también del uso “social” que de ellas se hace. La mejor solución o la mejor alternativa implican decisiones pedagógicas y también decisiones éticas. Habíamos señalado un componente “trascendental” propio del oficio de enseñar. Esos principios y valores en juego en la tarea docente no pueden estar ausentes de la formación profesional. En este caso se trata no sólo de que los docentes tengan una mejor preparación en términos de desarrollo personal, sino en lo que implica luego el ejercicio de su trabajo.

El trabajo sobre otros requiere un aprendizaje metódico y completo cuyas características pueden proporcionar conocimientos específicos, pero también requiere de un “saber hacer” y un “saber ser” que se va construyendo en el propio trabajo. La formación orientada hacia ese proceso y el acompañamiento durante los primeros años de desempeño, tienen que poder ser  el inicio de este tipo de experiencias que se irán sedimentando y enriqueciendo durante toda la vida laboral de quienes enseñan.

Uno se forma al formar parte de la vida de un grupo de trabajo. Reconociendo las distintas dimensiones puestas en juego en el oficio de enseñar y en las condiciones escolares en las que actualmente acontece, es hora de afirmar que este tipo de actividad no está en crisis sino que esa fisonomía define hoy su identidad. Las contradicciones, las tensiones entre lo social y lo escolar, entre valores contradictorios y antagónicos puestos en juego, generan más que nunca zonas difusas e incertidumbre a quienes lo ejercen o intentan hacerlo.

En este sentido y para sortear el peso de la situación y la impotencia que se manifiesta cuando se intenta sobrellevar la tarea en soledad, el trabajar con otros (en equipo) puede resultar mucho más que un simple marco para la organización laboral. En la medida que se supera el plano meramente individual y pueden reconocerse temas y problemas comunes, las explicaciones, las discusiones, los acuerdos y el hallazgo de soluciones compartidas tranquilizan y renuevan el sentido la actividad. Promover proyectos comunes, trabajos compartidos, alentar análisis situacionales grupales, puede ser también una forma de formar profesionales que luego favorecerá el ejercicio profesional. Esta modalidad no sólo alienta la participación por la participación misma, sino que proporciona una sensación de objetividad en el propio trabajo. Atenúa, así, las representaciones demasiado heroicas, aumenta el oficio y protege del desgaste. El desafío en este caso es convertir, al decir de Bauman, el problema privado o el conjunto de los problemas privados, en asuntos públicos. Un objetivo común, una decisión compartida, objetiva, da seguridad y tranquiliza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s